A través del collage,

lo invisible puede hacerse presente,

lo olvidado recuperar su voz y

las historias encontrar nuevas formas de ser contadas.

PARTE DE MI PULSO nace de una necesidad de reconectar,

de llenar un vacío que se fue forjando durante años mientras creaba mi vida adulta.

En un intento por reconocerme volví a un viejo amigo que había dejado de lado hacía ya tiempo;

desde el que había aprendido a mirarme, entenderme y sanarme tiempo atrás: el ARTE.

Y sin darme cuenta, poco a poco me acerqué al collage y me quedé en él.

Sin darnos cuenta, nuestra vida, nuestro presente, ha empezado a girar en torno a lo inmediato, lo digital y lo "perfecto": nos envuelven los filtros y las tendencias que, antes de que hayan llegado ya se han olvidado.

El collage me devolvió la pausa, me enseñó pararme y observar, a mirar con menos juicio y más curiosidad. Me recuerda cada día que el valor de aquellas cosas que están lejos de ser perfectas, que la belleza no está en las cosas meramente bonitas, sino en las cosas con alma y con historia, que de los rotos y de las arrugas, de los errores, de lo incompleto, de lo viejo y de lo que sobra, surge belleza, historia, emoción y aprendizaje. Solo depende de la atención que le prestes y el mimo con el que lo trates.

Porque, a través del collage,

lo invisible puede hacerse presente, lo olvidado recuperar su voz y

las historias encontrar nuevas formas de ser contadas.

A medida que crecemos, vamos construyendo cajas para que el mundo nos quepa dentro. Las llenamos de nombres, certezas y formas conocidas, hasta que dejamos de ver que las cosas puedan ser de otra manera.

El collage hizo que estallasen mis cajas por los aires y empezase a mirar desde otro lugar, entendiendo que las cosas que tengo en frente no son solo lo que sé de ellas, sino que cada una, a su manera, es un papel en blanco, un pasaporte a otro lugar.